Editorial. Opinión.                                                   Agosto 8/21.

                                                                     

Vienen ocurriendo una serie de hechos en nuestro país que lo dejan uno sin aire, sin una luz de esperanza porque la justicia colombiana no da señales de vida, no respira, no da frutos y aunque es un error generalizar, duele en el corazón todos estos acontecimientos que dejan al descubierto la fragilidad de nuestra sistema judicial que da muestras de no operar.

Cada persona merece ser considerada inocente hasta que no se le demuestre lo contrario, pero incluso aquí por errores de forma o por otras razones, quienes imparten justicia deciden no hacerlo con el argumento que están aplicando la norma, incluso lo hacen con personas que están confesando con sus labios que si lo hicieron, o con personas que quedaron grabadas en video cometiendo el delito.

Es increíble ver como la justicia colombiana da palos de ciego en el caso de la niña Sara Sofia que desapareció a principio de año en el sur de Bogotá. Lo más tenaz es que la madre de la pequeña junto con el padrastro de la menor, dicen haberla matado y botado a un caño, y aunque la norma dirá que debe aparecer el cuerpo del delito para que exista como tal, aquí los jueces deciden dejarlos en libertad como si no hubiese pasado nada.   

El profesional en derecho sabe que las normas están inspiradas en los diez mandamientos porque Dios ama la Justicia y deberían de tener como misión quienes trabajan en la rama, asegurar la justicia, algo de lo que cada día estamos muy lejos. Quienes laboran en el sector judicial deberían saber que tienen una función que no es inventada por el hombre sino delegada por el Creador como lo dice Romanos 13:3-4 “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”.

Un hincha del equipo de fútbol Atlético Nacional, lo vimos todos los colombianos en video, se ensañó a patadas en la cabeza, hasta dejarlo inmóvil, a un hincha de Santa Fe. El agresor se entregó por presión de las redes sociales y de la misma madre y al instante la justicia lo dejó en libertad sin importar que hubo sevicia, lesiones personales e intento de homicidio.

Hoy los estadios son escenarios de batallas campales, van al fútbol armados, listos para agredir al que tenga una camiseta de otro color, olvidando por completo que debemos amarnos los unos a los otros como lo expresa el Señor en su palabra en 1 Juan 3:10, “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”.

Últimamente los alcaldes del país, sobre todo los de las grandes ciudades, y los comandantes de policía expresan su preocupación porque más se demoran en capturar a los delincuentes en que éstos sean puestos nuevamente en las calles. Según informes de las autoridades hay personas que registran más de diez capturas por los mismos delitos, pero vuelven a la normalidad, a representar un peligro para la sociedad.

Esta semana un agente de policía en un municipio de Antioquia, lo vimos en un video que se hizo viral, donde actuó oportunamente para evitar el robo de una moto, hiriendo a uno de los sujetos que sin importar que la víctima iba en movimiento, lo intimidó con arma de fuego haciéndolo caer para despojarlo del vehículo y fue ahí cuando actuó el uniformado quien hoy recibe ayudas económicas para pagar los abogados que lo defiendan y demuestren que estaba cumpliendo con su deber.

Así las cosas el que podamos vivir en paz, cada vez será más difícil porque de justicia, muy poco, en nuestro amado país. La corrupción (el cartel de la toga un ejemplo) y la ineficiencia predominan, infortunadamente. Sin justicia no hay paz dicen las escrituras en  Isaías 32:17, “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre”.

Por John Didier Rodríguez Marín

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